Gothic Funeral / Literatura / Filosofa 

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  Friedrich Nietzsche
  Sobre verdad y mentira en sentido extramoral
  I
  En algn apartado rincn del universo, desperdigado de innumerables y 
  centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales 
  astutos inventaron el conocer. Fue el minuto ms soberbio y ms falaz de la 
  Historia Universal, pero, a fin de cuentas, slo un minuto. Tras un par de 
  respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeci y los animales astutos 
  tuvieron que perecer. Alguien podra inventar una fbula como sta y, sin 
  embargo, no habra ilustrado suficientemente, cun lamentable y sombro, cun 
  estril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la 
  naturaleza; hubo eternidades en las que no existi, cuando de nuevo se acabe 
  todo para l, no habr sucedido nada. Porque no hay para ese intelecto ninguna 
  misin ulterior que conduzca ms all de la vida humana. No es sino humano, y 
  solamente su poseedor y creador lo toma tan patticamente como si en l 
  girasen los goznes del mundo. Pero si pudiramos entendernos con un mosquito, 
  llegaramos a saber, que tambin l navega por el aire con ese mismo pathos y 
  se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza tan 
  despreciable e insignificante que, con un mnimo soplo de aquel poder del 
  conocimiento, no se hinche inmediatamente como un odre; y del mismo modo que 
  cualquier mozo de cuadra quiere tener sus admiradores, el ms orgulloso de los 
  hombres, el filsofo, quiere que desde todas partes, los ojos del universo 
  tengan telescpicamente puesta su mirada sobre sus acciones y pensamientos.
  Es remarcable, que tal estado lo produzca el intelecto, l que, precisamente, 
  slo ha sido aadido como un recurso a los seres ms desdichados, delicados y 
  efmeros, para conservarlos un minuto en la existencia; de la cual, por el 
  contrario, sin ese aadido, tendran toda clase de motivos para huir tan 
  rpidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo ligado al conocimiento y a la 
  sensacin, niebla cegadora colocada sobre los ojos y sobre los sentidos de los 
  hombres, los engaa acerca del valor de la existencia, pues lleva en l la ms 
  aduladora valoracin sobre el conocimiento mismo. Su efecto ms general es el 
  engao aunque tambin los efectos ms particulares llevan consigo algo del 
  mismo carcter.
  El intelecto, como un medio para la conservacin del individuo, desarrolla sus 
  fuerzas primordiales en la ficcin, pues sta es el medio por el cual se 
  conservan los individuos dbiles y poco robustos, como aquellos a los que les 
  ha sido negado, servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos o de la 
  afilada dentadura de los animales carniceros. Este arte de la ficcin alcanza 
  su mxima expresin en el hombre: aqu el engao, la adulacin, la mentira y 
  el fraude, la murmuracin, la hipocresa, el vivir del brillo ajeno, el 
  enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, el teatro ante los dems y 
  ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante ante la llama de la 
  vanidad es hasta tal punto la regla y la ley, que apenas hay nada ms 
  inconcebible que el hecho de que haya podido surgir entre los hombres un 
  impulso sincero y puro hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos 
  en ilusiones y ensueos, sus miradas se limitan a deslizarse sobre la 
  superficie de las cosas y percibir formas, sus sensaciones no conducen en 
  ningn caso a la verdad, sino que se contentan con recibir estmulos y, por 
  as decirlo, jugar un juego de tanteo sobre el dorso de las cosas. Adems, 
  durante toda la vida, el hombre se deja engaar por la noche en el sueo, sin 
  que su sentimiento moral haya tratado nunca de impedirlo; mientras que parece 
  que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los 
  ronquidos. En realidad qu sabe de s mismo el hombre? Sera capaz de 
  percibirse a s mismo, aunque slo fuese una vez, como si estuviese tendido en 
  una vitrina iluminada? Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las 
  cosas, incluso sobre su propio cuerpo, de forma que, al margen de las 
  circunvoluciones de sus intestinos, del rpido flujo de su circulacin 
  sangunea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede recluido y 
  encerrado en una conciencia orgullosa y embaucadora? Ella ha tirado la llave, 
  y ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar, por una vez, hacia fuera y 
  hacia abajo, a travs de una hendidura del cuarto de la conciencia y 
  vislumbrase entonces que el ser humano descansa sobre la crueldad, la codicia, 
  la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por 
  as decirlo, pendiente en sus sueos sobre el lomo de un tigre! De dnde 
  procede en el mundo entero, en esta constelacin, el impulso hacia la verdad?
  En la medida en que el individuo quiera conservarse frente a otros individuos, 
  en un estado natural de las cosas, tendr que utilizar el intelecto, casi 
  siempre, tan slo para la ficcin. Pero, puesto que el hombre, tanto por 
  necesidad como por aburrimiento, desea existir en sociedad y gregariamente, 
  precisa de un tratado de paz, y conforme a ste, procura que, al menos, 
  desaparezca de su mundo el ms grande bellum omnium contra omnes . Este 
  tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la 
  consecucin de ese enigmtico impulso hacia la verdad. Porque en este momento 
  se fija lo que desde entonces debe ser verdad, es decir, se ha inventado una 
  designacin de las cosas uniformemente vlida y obligatoria, y el poder 
  legislativo del lenguaje proporciona tambin las primeras leyes de la verdad, 
  pues aqu se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El 
  mentiroso utiliza las legislaciones vlidas, las palabras, para hacer aparecer 
  lo irreal como real; dice, por ejemplo, yo soy rico cuando la designacin 
  correcta para su estado sera justamente pobre. Abusa de las convenciones 
  consolidadas efectuando cambios arbitrarios e incluso inversiones de los 
  nombres. Si hace esto de manera interesada y conllevando perjuicios, la 
  sociedad no confiar ya ms en l y, por ese motivo, le expulsar de su seno. 
  Por eso los hombres no huyen tanto de ser engaados como de ser perjudicados 
  por engaos. En el fondo, en esta fase tampoco detestan el fraude, sino las 
  consecuencias graves, odiosas, de ciertos tipos de fraude. El hombre nada ms 
  que desea la verdad en un sentido anlogamente limitado: desea las 
  consecuencias agradables de la verdad, aquellas que conservan la vida, es 
  indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias, y est hostilmente 
  predispuesto contra las verdades que puedan tener efectos perjudiciales y 
  destructivos. Y adems, qu sucede con esas convenciones del lenguaje? Son 
  quiz productos del conocimiento, del sentido de la verdad? Concuerdan las 
  designaciones y las cosas? Es el lenguaje la expresin adecuada de todas las 
  realidades?
  Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse 
  que est en posesin de una verdad en el grado que acabamos de sealar. Si no 
  quiere contentarse con la verdad en la forma de tautologa, es decir, con 
  conchas vacas, entonces trocar perpetuamente ilusiones por verdades. Qu es 
  una palabra? La reproduccin en sonidos articulados de un estmulo nervioso. 
  Pero partiendo del estmulo nervioso inferir adems una causa existente fuera 
  de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio 
  de razn. Cmo podramos decir legtimamente, si la verdad estuviese 
  solamente determinada por la gnesis del lenguaje, y si el punto de vista de 
  la certeza fuese tambin lo nico decisivo respecto a las designaciones, cmo, 
  no obstante, podramos decir legtimamente: la piedra es dura, como si adems 
  captsemos lo duro de otra manera y no nicamente como excitacin 
  completamente subjetiva! Dividimos las cosas en gneros, designamos al rbol 
  como masculino y a la planta como femenino: qu extrapolaciones tan 
  arbitrarias! A qu altura volamos por encima del canon de la certeza! 
  Hablamos de una serpiente: la designacin alude solamente al hecho de 
  retorcerse, podra, por tanto, atribursele tambin al gusano. Qu 
  arbitrariedad en las delimitaciones! Qu parcialidad en las preferencias, 
  unas veces de una propiedad de una cosa, otras veces de otra! Los diferentes 
  idiomas, reunidos y comparados unos a otros, muestran que con las palabras no 
  se llega jams a la verdad ni a una expresin adecuada, pues, de lo contrario, 
  no habra tantos. La cosa en si (esto sera justamente la verdad pura y sin 
  consecuencias) es tambin totalmente inaprehensible y en absoluto deseable 
  para el creador del lenguaje. ste se limita a designar las relaciones de las 
  cosas con respecto a los hombres y para expresarlas recurre a las metforas 
  ms atrevidas. En primer lugar, un estmulo nervioso extrapolado en una 
  imagen!, primera metfora. La imagen, transformada de nuevo, en un sonido 
  articulado!, segunda metfora. Y, en cada caso, un salto total desde una 
  esfera a otra completamente distinta y nueva. Podramos imaginarnos un hombre 
  que fuese completamente sordo y que jams hubiese tenido ninguna sensacin del 
  sonido ni de la msica; del mismo modo que un hombre de estas caractersticas 
  mira con asombro las figuras acsticas de Chaldni en la arena, descubre su 
  causa en las vibraciones de la cuerda y jurar entonces, que, desde ese 
  momento en adelante no puede ignorar lo que los hombres llaman sonido, as nos 
  sucede a todos nosotros con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas 
  mismas cuando hablamos de rboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin 
  embargo, ms que metforas de las cosas, que no corresponden en absoluto a las 
  esencias primitivas. Del mismo modo que el sonido toma el aspecto de figura de 
  arena, as la enigmtica X de la cosa en s se presenta, en principio, como 
  excitacin nerviosa, luego como imagen, finalmente como sonido articulado. En 
  cualquier caso, por tanto, el origen del lenguaje no sigue un proceso lgico, 
  y todo el material sobre el que, y a partir del cual, trabaja y construye, el 
  hombre de la verdad, el investigador, el filsofo, si no procede de las nubes, 
  tampoco procede, en ningn caso, de la esencia de las cosas.
  Pero pensemos sobre todo en la formacin de los conceptos. Toda palabra se 
  convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de 
  servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que 
  debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe ser apropiada al 
  mismo tiempo para innumerables experiencias, por as decirlo, ms o menos 
  similares, esto es, jams idnticas estrictamente hablando; as pues, ha de 
  ser apropiada para casos claramente diferentes. Todo concepto se forma 
  igualando lo no-igual. Del mismo modo que es cierto que una hoja nunca es 
  totalmente igual a otra,, asimismo es cierto que el concepto hoja se ha 
  formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al 
  olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la 
  representacin, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas 
  que fuese la hoja, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas 
  las hojas habran sido tejidas, diseadas, calibradas, coloreadas, onduladas, 
  pintadas, pero por manos tan torpes, que ningn ejemplar resultase ser 
  correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo. Decimos que un hombre es 
  honesto. Por qu ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra 
  respuesta suele ser como sigue: A causa de su honestidad. La honestidad! Esto 
  significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos 
  nada en absoluto de una cualidad esencial que se llame la honestidad, pero s 
  de numerosas acciones individualizadas, por lo tanto desiguales, que nosotros 
  igualamos omitiendo lo desigual, y, entonces, las denominamos acciones 
  honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas occulta con el 
  nombre de honestidad.
  La omisin de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo 
  modo que tambin nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no 
  conoce formas ni conceptos, as como tampoco, en consecuencia, gneros, sino 
  solamente una X que es para nosotros inaccesible e indefinible. Tambin la 
  oposicin que hacemos entre individuo y especie es antropomrfica y no procede 
  de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos atrevemos a decir que no le 
  corresponde: porque eso sera una afirmacin dogmtica y, en cuanto tal, tan 
  indemostrable como su contraria.
  Qu es entonces la verdad? Un ejrcito mvil de metforas, metonimias, 
  antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han 
  sido realzadas, extrapoladas, adornadas potica y retricamente y que, despus 
  de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, cannicas, obligatorias: 
  las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metforas que 
  se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su 
  troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino como metal.
  No sabemos todava de dnde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta 
  ahora solamente hemos prestado atencin al compromiso que la sociedad 
  establece para existir, la de ser veraz, es decir, usar las metforas usuales, 
  as pues, dicho en trminos morales, de la obligacin de mentir segn una 
  convencin firme, de mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo 
  obligatorio para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situacin 
  es sta, por tanto, miente inconscientemente de la manera que hemos indicado y 
  en virtud de hbitos milenarios -y precisamente en virtud de esta 
  inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento 
  de la verdad-. A partir del sentimiento de estar obligado a designar una cosa 
  como roja, otra como fra, una tercera como muda, se despierta un movimiento 
  moral hacia la verdad; a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie 
  confa y a quien todos excluyen, el hombre se demuestra a s mismo lo 
  venerable, lo fiable y lo provechoso de la verdad. En ese instante el hombre 
  pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones: ya no 
  soporta ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones y, 
  ante todo, generaliza todas esas impresiones en conceptos ms descoloridos, 
  ms fros, para uncirlos al carro de su vida y de su accin. Todo lo que eleva 
  al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las 
  metforas intuitivas en un esquema, esto es, de disolver una imagen en un 
  concepto, pues en el mbito de esos esquemas es posible algo que nunca podra 
  conseguirse bajo las primeras impresiones intuitivas: construir un orden 
  piramidal por castas y grados, crear un mundo nuevo de leyes, privilegios, 
  subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las 
  primeras impresiones intuitivas como lo ms firme, lo ms general, lo mejor 
  conocido y lo ms humano y, por ello, como una instancia reguladora e 
  imperativa. Mientras que toda metfora intuitiva es individual y no tiene otra 
  idntica y, por tanto, sabe escaparse siempre de toda clasificacin, el gran 
  edificio de los conceptos presenta la rgida regularidad de un columbarium 
  romano e insufla en la lgica el rigor y la frialdad que son propios de las 
  matemticas. Aqul a quien envuelve el hlito de esa frialdad apenas creer 
  que tambin el concepto, seo y octogonal como un dado y, como tal, verstil, 
  no sea a fin de cuentas sino como el residuo de una metfora y que la ilusin 
  de la extrapolacin artstica de un estmulo nervioso en imgenes es, si no la 
  madre, s sin embargo la abuela de cualquier concepto. Ahora bien, dentro de 
  ese juego de dados de los conceptos se denomina verdad a usar cada dado tal y 
  como est designado; contar exactamente sus puntos, formar clasificaciones 
  correctas y no violar en ningn caso el orden de las castas ni los turnos de 
  la sucesin jerrquica. Del mismo modo que los romanos y los etruscos dividan 
  el cielo mediante rgidas lneas matemticas y conjuraban, en ese espacio as 
  delimitado, a un dios, como en un templum, as cada pueblo tiene sobre l un 
  cielo conceptual semejante, matemticamente dividido, y en esas circunstancias 
  entiende, entonces, como exigencia de la verdad, que todo dios conceptual ha 
  de buscarse solamente en su propia esfera. Cabe admirar en este caso al hombre 
  como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos 
  inestables y, por as decirlo, sobre agua en movimiento, una catedral de 
  conceptos infinitamente compleja; y ciertamente, para encontrar apoyo en tales 
  cimientos debe tratarse de un edificio hecho como de telaraas, tan fina que 
  sea transportada por las olas, tan firme que no sea desgarrada por el viento. 
  El hombre, como genio de la arquitectura, se eleva de tal modo muy por encima 
  de la abeja: sta construye con cera que recoge de la naturaleza; aqul con la 
  materia bastante ms fina de los conceptos que, desde el principio, tiene que 
  producir de s mismo. Aqu l se hace acreedor de admiracin profunda -si 
  bien, de ningn modo por su impulso hacia la verdad, hacia el conocimiento 
  puro de las cosas-. Si alguien esconde una cosa detrs de un matorral, despus 
  la busca de nuevo exactamente all y, adems, la encuentra, en esa bsqueda y 
  en ese descubrimiento no hay, pues, mucho que alabar; sin embargo, esto es lo 
  que sucede al buscar y al encontrar la verdad dentro de la jurisdiccin de la 
  razn. Si doy la definicin de mamfero y a continuacin, despus de examinar 
  un camello, digo: he ah un mamfero, no cabe duda de que con ello se ha 
  trado a la luz una nueva verdad, pero es de un valor limitado; quiero decir,, 
  es antropomrfica de pies a cabeza y no contiene ni un solo punto que sea 
  verdadero en s, real y universalmente vlido, prescindiendo de los hombres. 
  El investigador de tales verdades tan slo busca en el fondo, la metamorfosis 
  del mundo en los hombres; aspira a una comprensin del mundo en tanto que cosa 
  humanizada y consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una 
  asimilacin. Del mismo modo que el astrlogo considera las estrellas al 
  servicio de los hombres y en conexin con su felicidad y su desgracia, as 
  considera un tal investigador que el mundo en su totalidad est ligado a los 
  hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido primordial, el 
  hombre, como la reproduccin multiplicada de una imagen primordial, el hombre. 
  Su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas, 
  pero entonces parte del error de creer que tiene estas cosas ante s de manera 
  inmediata como objetos puros. Olvida, por lo tanto, que las metforas 
  intuitivas originales no son ms que metforas y las toma por las cosas 
mismas.
  Slo mediante el olvido de ese mundo primitivo de metforas, slo mediante el 
  endurecimiento y la petrificacin de un fogoso torrente primordial compuesto 
  por una masa de imgenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasa 
  humana, slo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, 
  esta mesa son una verdad en s, en una palabra, gracias solamente al hecho de 
  que el hombre se olvida de s mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto 
  artsticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si 
  pudiera salir, aunque slo fuese un instante, fuera de los muros de la crcel 
  de esa creencia, se acabara en seguida su autoconsciencia. Ya le cuesta 
  trabajo reconocer ante s mismo que el insecto o el pjaro perciben otro mundo 
  completamente diferente al del hombre y que la cuestin de cul de las dos 
  percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, puesto que 
  para decidir sobre ello tendramos que medir con la medida de la percepcin 
  correcta, esto es, con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo dems, 
  la percepcin correcta es decir, la expresin adecuada de un objeto en el 
  sujeto, me parece un absurdo lleno de contradicciones, porque entre dos 
  esferas absolutamente distintas como lo son el sujeto y el objeto no hay 
  ninguna causalidad (4-bis), ninguna exactitud, ninguna expresin, sino, a lo 
  sumo, un comportamiento esttico, quiero decir, una extrapolacin alusiva, una 
  traduccin balbuciente a un lenguaje completamente extrao. Para lo cual se 
  necesita, en todo caso, una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres 
  ambas para poetizar e inventar. La palabra fenmeno encierra muchas 
  seducciones, por lo que, en lo posible, procuro evitarla, puesto que no es 
  cierto que la esencia de las cosas se manifieste en el mundo emprico. Un 
  pintor al que le faltaran las manos y que quisiera expresar por medio del 
  canto la imagen que ha concebido, revelar siempre, en ese paso de una esfera 
  a otra, mucho ms sobre la esencia de las cosas que el mundo emprico. Incluso 
  la misma relacin de un estmulo nervioso con la imagen producida no es, en 
  s, necesaria; pero cuando la misma imagen se ha producido millones de veces y 
  se ha transmitido hereditariamente a travs de muchas generaciones de seres 
  humanos, apareciendo finalmente en toda la humanidad como consecuencia cada 
  vez del mismo motivo, entonces acaba por tener el mismo significado para el 
  hombre que si fuese la nica imagen necesaria, como si la relacin entre la 
  excitacin nerviosa originaria con la imagen producida fuese una estricta 
  relacin de causalidad estricta; del mismo modo que un sueo eternamente 
  repetido sera percibido y juzgado como algo absolutamente real. Pero el 
  endurecimiento y la petrificacin de una metfora no garantizan en modo alguno 
  ni la necesidad ni la legitimacin exclusivas de esa metfora.
  Sin duda, todo hombre que est familiarizado con tales consideraciones ha 
  sentido una profunda desconfianza hacia cualquier idealismo de esta especie, 
  cada vez que se ha convencido con la claridad necesaria de la consecuencia, 
  ubicuidad e infalibilidad de las leyes de la naturaleza; y ha sacado esta 
  conclusin: aqu, cuanto alcanzamos en las alturas del mundo telescpico y en 
  los abismos del mundo microscpico, todo es tan seguro, tan elaborado, tan 
  infinito, tan regular, tan exento de lagunas; la ciencia cavar eternamente 
  con xito en estos pozos, y todo lo que encuentre habr de concordar y no se 
  contradir. Qu poco se asemeja esto a un producto de la imaginacin; si lo 
  fuese, tendra que quedar al descubierto en alguna parte la apariencia y la 
  irrealidad. Al contrario, cabe decir por lo pronto que, si cada uno de 
  nosotros tuviese una percepcin sensorial diferente, podramos percibir unas 
  veces como pjaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de 
  nosotros viese el mismo estmulo como rojo, otro como azul e incluso un 
  tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablara de tal 
  regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebira como una 
  construccin altamente subjetiva. Entonces, qu es para nosotros, en 
  definitiva, una ley de la naturaleza? No nos es conocida en s, sino solamente 
  por sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la naturaleza 
  que, a su vez, slo nos son conocidas como suma de relaciones. Por 
  consiguiente, todas esas relaciones no hacen ms que remitirse continuamente 
  unas a otras y, en su esencia, para nosotros son incomprensibles por completo; 
  en realidad slo conocemos de ellas lo que nosotros aportamos: el tiempo, el 
  espacio, por tanto las relaciones de sucesin y los nmeros. Pero todo lo 
  maravilloso que admiramos precisamente en las leyes de la naturaleza, lo que 
  reclama nuestra explicacin y lo que podra introducir en nosotros la 
  desconfianza respecto al idealismo, justamente reside nica y exclusivamente 
  en el rigor matemtico y en la inviolabilidad de las representaciones del 
  tiempo y del espacio. Sin embargo, esas nociones las producimos en nosotros y 
  a partir de nosotros con la misma necesidad que la araa teje su tela; si 
  estamos obligados a concebir todas las cosas nicamente bajo esas formas, 
  entonces deja de ser maravilloso que, hablando con propiedad, slo captemos en 
  todas las cosas precisamente esas formas, puesto que todas ellas deben llevar 
  consigo las leyes del nmero y el nmero es precisamente lo ms asombroso de 
  las cosas. Toda la regularidad que tanto respeto nos impone en las rbitas de 
  los astros y en los procesos qumicos, coincide en el fondo con aquellas 
  propiedades que nosotros aportamos a las cosas, de modo que, con ello, nos 
  infundimos respeto a nosotros mismos.
  De aqu resulta, en efecto, que esa artstica creacin de metforas con la que 
  comienza en nosotros toda percepcin presupone ya esas formas, y, por tanto, 
  se realizar en ellas; slo partiendo de la firme persistencia de estas formas 
  primordiales resulta posible explicar el que ms tarde haya podido construirse 
  sobre las metforas mismas el edificio de los conceptos. Pues ste edificio 
  es, efectivamente, una imitacin de las relaciones de espacio, tiempo y 
  nmero, sobre la base de las metforas.
  II
  Como hemos visto, en la construccin de los conceptos trabaja originariamente 
  el lenguaje; ms tarde la ciencia. Y as como la abeja construye las celdas y 
  simultneamente las rellena de miel, as tambin la ciencia trabaja sin cesar 
  en ese gran columbarium de los conceptos, necrpolis de las intuiciones; 
  construye sin cesar nuevas y ms elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva 
  las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje 
  que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de l todo el mundo 
  emprico, es decir, el mundo antropomrfico. Si ya el hombre que acta ata su 
  vida a la razn y sus conceptos para no ser arrastrado ni perderse a s mismo, 
  el investigador construye su cabaa junto a la torre de la ciencia para poder 
  cooperar en su edificacin y para encontrar l mismo proteccin bajo ese 
  baluarte ya existente. De hecho necesita proteccin, puesto que existen 
  fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad 
  cientfica verdades de un tipo completamente diferente con las ms diversas 
  etiquetas.
  Ese impulso hacia la construccin de metforas, ese impulso fundamental del 
  hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si as se 
  hiciese se prescindira del hombre mismo, no est en verdad dominado ni apenas 
  domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, se 
  construya un mundo nuevo, regular y rgido, que es como una fortaleza para l. 
  Dicho impulso se busca para su actividad un campo nuevo y un cauce distinto, y 
  los encuentra en el mito y, de modo general, en el arte. Confunde sin cesar 
  las rbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esta manera nuevas 
  extrapolaciones, metforas y metonimias, continuamente muestra el afn de 
  configurar el mundo existente del hombre despierto, hacindolo tan 
  abigarradamente irregular, tan inconsecuente, tan encantador y eternamente 
  nuevo, como lo es el mundo de los sueos. En s, ciertamente, el hombre 
  despierto solamente adquiere consciencia de que est despierto, gracias al 
  rgido y regular tejido conceptual y, justamente por eso, llega a la creencia 
  de que est soando si, en alguna ocasin, ese tejido conceptual es desgarrado 
  por el arte. Tena razn Pascal cuando afirmaba que, si todas las noches nos 
  sobreviniese el mismo sueo, nos ocuparamos tanto de l como de las cosas que 
  vemos todos los das: Si un artesano estuviese seguro de soar todas las 
  noches durante doce horas seguidas que era rey, yo creo dice Pascal que 
  sera exactamente tan dichoso como un rey que soase todas las noches durante 
  doce horas que es artesano. La diurna vigilia de un pueblo mticamente 
  excitado, por ejemplo, la de los griegos ms antiguos, es, de hecho, gracias 
  al prodigio que constantemente se produce, tal y como el mito lo supone, ms 
  parecida al sueo que a la vigilia del pensador cientficamente desilusionado. 
  Si cualquier rbol puede hablar como una ninfa, o si un dios, bajo la 
  apariencia de un toro, puede raptar doncellas, si de pronto la misma diosa 
  Atenea puede ser vista en compaa de Pisstrato recorriendo las plazas de 
  Atenas en un hermoso carro de caballos -y esto el honrado ateniense lo crea-, 
  entonces, en cada momento, como en los sueos, todo es posible y la naturaleza 
  entera revolotea alrededor hombre como si solamente se tratase de una 
  mascarada de los dioses, para quienes no constituira ms que una broma el 
  engaar a los hombres bajo todas las figuras.
  Pero el hombre mismo tiene una invencible tendencia a dejarse engaar y est 
  como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos picos como 
  si fuesen verdades, o cuando en una representacin teatral el actor, haciendo 
  el papel de rey, acta ms regiamente que un rey en la realidad. El intelecto, 
  ese maestro de la ficcin, se encuentra libre y relevado de su esclavitud 
  habitual tanto tiempo cuanto puede engaar sin causar dao y, en esos 
  momentos, celebra sus Saturnales; nunca es tan exhuberante, tan rico, tan 
  soberbio, tan gil y tan temerario: posedo de un gozo creador, arroja las 
  metforas sin orden ni concierto y remueve los mojones de las abstracciones de 
  tal manera que, por ejemplo, designa a la corriente como el camino mvil que 
  lleva al hombre all donde ste habitualmente va. En esos momentos ha arrojado 
  de s el signo de la servidumbre: mientras que de ordinario se esforzaba con 
  triste solicitud en mostrarle el camino y las herramientas a un pobre 
  individuo que ansa la existencia y se lanzaba, como un siervo, en busca de 
  presa y botn para su seor, ahora se ha convertido en seor y puede borrar de 
  su semblante la expresin de indigencia. Tambin ahora todo lo que haga, 
  conllevar, en comparacin con sus acciones anteriores, la ficcin, lo mismo 
  que las anteriores conllevaban la distorsin. Copia la vida del hombre, pero 
  la toma como una cosa buena y parece darse por satisfecho con ella. Aquel 
  enorme entramado y andamiaje de los conceptos, al que de por vida se aferra el 
  hombre indigente para salvarse, es, solamente, un armazn para el intelecto 
  liberado y un juguete para sus ms audaces obras de arte y, cuando lo 
  destruye, lo mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar irnicamente, 
  uniendo lo ms diverso y separando lo ms afn, as revela que no necesita de 
  aquellos recursos de la indigencia y que ahora no se gua por conceptos, sino 
  por intuiciones. No existe ningn camino regular que conduzca desde esas 
  intuiciones a la regin de los esquemas fantasmales, de las abstracciones: la 
  palabra no est hecha para ellas, el hombre enmudece al verlas o habla en 
  metforas rigurosamente prohibidas o mediante inauditas concatenaciones 
  conceptuales, para corresponder de un modo creador, aunque slo sea mediante 
  la destruccin y la burla de los antiguos lmites conceptuales, a la impresin 
  de la poderosa intuicin actual.
  Hay pocas en las que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; 
  el uno angustiado ante la intuicin, el otro mofndose de la abstraccin; es 
  tan irracional este ltimo como poco artstico el primero. Ambos ansan 
  dominar la vida: ste sabiendo afrontar las necesidades ms imperiosas, 
  mediante la previsin, la prudencia y la regularidad, aqul, como un hroe 
  desbordante de alegra, sin ver sus propias necesidades y sin tomar como real 
  nada ms que la vida disfrazada en la apariencia y la belleza. All donde el 
  hombre intuitivo, como, por ejemplo, en la Grecia ms antigua, maneja sus 
  armas de manera ms potente y victoriosa que su contrario, puede, en 
  circunstancias favorables, formarse una cultura y establecerse el dominio del 
  arte sobre la vida; esa ficcin, esa negacin de la indigencia, ese brillo de 
  las intuiciones metafricas y, en suma, esa inmediatez de la ilusin, 
  acompaan a todas las manifestaciones de una vida semejante. Ni la vivienda, 
  ni la forma de caminar, ni la indumentaria, ni la tinaja de barro revelan que 
  ha sido la necesidad la que los ha creado: parece como si en todos ellos 
  hubiera de expresarse una felicidad sublime y una serenidad olmpica y, en 
  cierto modo, un juego con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por 
  conceptos y abstracciones nicamente con esta ayuda previene la desgracia, sin 
  ni siquiera extraer algn tipo de felicidad de las abstracciones mismas, 
  aspirando a estar lo ms libre posible de dolores, el hombre intuitivo, 
  mantenindose en medio de una cultura, cosecha a partir ya de sus intuiciones, 
  adems de la prevencin contra el mal, un flujo constante de claridad, 
  jovialidad y redencin que afluyen constantemente. Es cierto que, cuando 
  sufre, su sufrimiento es ms intenso; e incluso sufre con mayor frecuencia, 
  porque no sabe aprender de la experiencia y una y otra vez tropieza en la 
  misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el 
  sufrimiento como en la felicidad, grita como un condenado y no encuentra 
  ningn consuelo. Cun distintamente se comporta el hombre estoico ante las 
  mismas desgracias, instruido por la experiencia y dominndose a s mismo 
  mediante conceptos! l, que slo busca habitualmente sinceridad, verdad, 
  emanciparse de los engaos y protegerse de las sorpresas seductoras, ahora, en 
  la desgracia, como aqul en la felicidad, lleva a cabo la obra maestra de la 
  ficcin; no presenta un rostro humano que se contrae y se altera, sino, por 
  as decirlo, una mscara con digna simetra en los rasgos, no grita, ni 
  siquiera lo ms mnimo altera el tono de voz. Cuando todo un chaparrn 
  descarga sobre l, se envuelve en su capa y se marcha, a paso lento, bajo la 
  lluvia.
   
   
   
   
   

   
   
   
   